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POR QUÉ CANTAN LOS PÁJAROS PREFACIO
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han orientado a lo largo de ese recorrido (entre las
obras consultadas
hay, por ejemplo, un estudio de doscientas páginas
sobre el canto
de un papamoscas, una especie que tan sólo es capaz
de gorjear tres
notas). A la postre, dicho camino nos ha permitido
comprender la
diferencia entre un sinsonte y un ruiseñor; nos ha
permitido llegar a
entender cómo escucharlos adecuadamente y cómo unirse
a ellos...
Asimismo, el camino nos ha conducido por los poemas
de las aves,
plenos de ritmo y de significado; nos ha llevado a
través de culturas
humanas que han hallado inspiración en el mundo
aviar... En última
instancia, al término del viaje, toda esta
peregrinación intelectual
nos llevó a un bosque tropical australiano... Allí
toqué mi música
con uno de los más introvertidos y grandiosos
cantores del mundo:
el ave lira de Alberto.
La Nacional Audubon Society dice que setenta millones
de personas
en los Estados Unidos (aproximada y sorprendentemente
un
cuarto de su población) se denominan a sí mismas
observadoras de
los pájaros. Muchos de nosotros nos vemos atraídos en
un primer
momento por el mundo de los gorjeos gracias a los
sonidos, pero a
menudo dejamos de escuchar cuando advertimos que no
hay movimientos
rápidos en los árboles. Este libro es para aquellos
que
quieren escuchar más profundamente. Analizando con
atención esos
sonidos, el lector podrá '6Fír muchos más matices y
estructuras. Un
pequeño número de entregados investigadores, tanto de
la ciencia
como del arte, han examinado con detalle esos cantos
aviares con la
esperanza de capturar algo de su espíritu.
Abordo este proyecto desde distintas perspectivas.
Como intérprete,
siempre he deseado que mi música sonara tan
espontánea y correcta
como la de los pájaros. No es una labor sencilla. No
obstante,
imitando a la naturaleza con mis propios
instrumentos, tocando con
sonidos naturales grabados, he logrado interactuar
con esos pequeños
animales mientras trinan.
Como filósofo, he reflexionado a menudo tratando de
hallar una
respuesta a la pregunta de qué debe hacer la
humanidad para encontrar
su lugar, su hogar, en el mundo de la naturaleza. El
aparentemente
inocente asunto del canto de los pájaros nos sugiere
que
sólo una visión multidisciplinar de ésta nos
permitirá desentrañar
sus misterios. En este libro se describen diferentes
historias con el
objeto de ofrecer una rigurosa fundamentación
filosófica. Para ser
franco, puede que me gusten más las preguntas que las
respuestas,
que nunca dejarán de sorprender por completo.
Y una de las preguntas que nunca se desvanecerá es
ésta: ¿puede
resultar del todo satisfactoria alguna explicación de
la belleza? Hemos
desvelado cómo la evolución es capaz de producir
maravillosos
cantos de pájaros mediante sucesivas generaciones de
pequeñas
transformaciones. No obstante, ninguno de esos
conocimientos es
incompatible con la idea de que los pájaros
experimentan alegría al
cantar... La naturaleza siempre es maravillosa,
independientemente
de lo mucho o poco que se conozca sobre ella.
Una encantadora pieza de música, en realidad, no dice
nada. Los
pájaros ciertamente cantan para encontrar el amor y
hallar su hogar,
pero estos razonables propósitos, insisto, no
descartan la posibilidad
de que experimenten felicidad al hacerlo. Si la
ciencia es comprender
la felicidad, ¿por qué no utilizar las habilidades de
los músicos y
los poetas, sus capacidades humanas, para desentrañar
los misterios
del mundo de la naturaleza?
Existe, por ejemplo, cierta investigación sobre el
canto de las ballenas
en las que este tipo de cooperación interdisciplinar
se ha demostrado
altamente provechosa: Michel André y Cees Kaminga han
estado estudiando el ritmo y los sonidos tipo
clic
de los cachalotes
durante años en las proximidades de las costas de las
Islas Canarias.
Al escuchar los sonidos que habían registrado, los
científicos descubrieron
que no podían identificar a las ballenas de forma
individual,
una a una, oyendo únicamente los
clics
porque... ¡había demasiados
ritmos superpuestos! El mismo problema tienen los
occidentales
cuando escuchan por primera vez un numeroso grupo de
tensos tambores
del oeste de África. ¿Cómo puede cada músico mantener
su
individualidad rítmica entre esa enorme mezcla de
notas y tiempos?
Tras reflexionar acerca de ello, André y Kaminga
acertaron en la
idea de buscar a un maestro de percusión senegalés,
Arona N’Daye
Rose, para que les ayudara.
Con su bien entrenado oído, Rose podía oír la
afirmación individual
dentro de la mezcolanza y era capaz de seleccionar
ritmos de
ballenas específicas dentro del rápido golpeo del
combate. Gracias
a su experiencia, determinó igualmente que la
abundancia de
clics
estaba organizada en torno a un sólo golpe dominante.
Con la ayuda
de los músicos, los científicos llegaron a la
conclusión de que cada
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POR QUÉ CANTAN LOS PÁJAROS PREFACIO
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ballena tiene su propia y distintiva serie rítmica de
clics,
un sorprendente
hallazgo que ningún estudio previo había sido capaz
de
desvelar.
Si los músicos pueden ayudar a investigar el canto de
las ballenas,
también deberían ser capaces de colaborar en el
estudio del de los
pájaros. Los cantos complejos de pájaros –como los
del sinsonte, el
ruiseñor, el ave lira y tantos otros– comparten
muchas estructuras
con la música humana: desde formas de organización a
escalas y
procedimientos de articulación. Y la historia y las
razones de ello
están mejor documentadas en la música que en la
ciencia natural.
Ambas todavía creen que siguen caminos distintos:
objetivo, una, y
subjetivo, la otra. Pero un largo viaje por las dos
rutas nos sugiere
que en muchas ocasiones podrían encontrarse, tan
pronto como admitan
recíprocamente el valor de los métodos de la otra.
Este libro
presenta a los pocos científicos que han intentado
utilizar la música
como una herramienta de análisis de los sonidos de
los pájaros, pero
aún se podría hacer mucho más. Espero inspirar a más
científicos y
músicos a trabajar juntos en una interacción
comprometida con el
mundo natural.
La mayor parte de este libro la escribí en una casa
de piedra, en el
campo, en una aldea rodeada de pájaros cantores. A
veces escuchaba
durante tanto tiempo sus gorjeos que mis oídos
parecían estar gastándome
bromas. Un día estaba tocando algunas grabaciones del
zarapito
euroasiático para algunos amigos compositores,
comparando
la precipitación del disparatado clímax de su tono
con lo que Olivier
Messiaen hizo en su
Catálogo de pájaros1.
Más tarde, aquella noche,
estando alarmantemente despierto, me parecía estar
oyendo a un ave
marina extranjera. El sonido parecía venir del árbol
que estaba al
lado de mi ventana. ¿Cómo era esto posible? Debí
tener un sueño
musical. Lo había escuchado claramente.
Al día siguiente noté que uno de los sinsontes
vecinos había vuelto
a mi árbol, cantando con ese extraño entusiasmo que
únicamente
exhiben durante unas pocas semanas otoñales –tras el
apareamiento
y el ritual de defensa del territorio. Con empeño
obstinado, una nota
tras otra, a la mitad de su aria, lo escuché de
nuevo, a plena luz del
día. ¡Se trataba de las mismas notas del zarapito,
gritando de alegría,
con todos esos gorgoritos detonando en su pico!
¿Escogió la canción
de la grabación que había escuchado el día anterior?
¿O puede que
simplemente se inclinase a seguir los mismos turnos
de notas? A lo
largo de este libro, en tu lectura, verás que ambas
explicaciones son
plausibles.
Continúa leyendo y encontrarás lo que sabemos y lo
que no sabemos
sobre la amplitud de posibilidades de cosas que los
pájaros pueden
cantar. Aunque he intentado capturar el sabor del
alegre canto de
las canciones de los pájaros en este texto, es mejor
que lo escuches
por ti mismo. Los oídos recogen el sonido antes de
que tengamos
palabras para poder explicarlo. Sal a la locura de la
primavera y escucha
a estos exuberantes cantores en su propio hábitat.
También podrás
escuchar muchas de las canciones descritas en el
texto visitando
el sitio web www.whybirdssing.com y en el CD que se
ha editado en
Estados Unidos y el Reino Unido, también llamado
Why birds sing2
(Terra Nova Music TN-0501). Allí se presentan las
últimas de mis
colaboraciones musicales con el mundo natural.
1 N. de la T.
Catalogue d’Oiseaux,
de Olivier Messiaen.
2 N. de la T.
Por qué cantan los pájaros.
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EL
RISUEÑO TORDO
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CAPÍTULO 1
Haces cantar a mi corazón
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HACES CANTAR A MI CORAZÓN
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Es marzo del año 2000 y me encuentro en Pittsburg, en
el National
Aviary, con el propósito de reunirme con la mejor
colección
pública de pájaros enjaulados de todos los Estados
Unidos. Tengo
planeado llegar al amanecer y, de ese modo,
sorprender cautelosamente
a los cantantes en su coro madrugador, cuando el
estruendo es
mayor. El artista Michael Pestel me espera a las
puertas del aviario,
alejado de las zonas más elegantes de la ciudad.
Pestel ha pasado
años tocando con los plumíferos habitantes del lugar.
El personal
permite que los músicos toquen en las primeras horas
del día, antes
de que acuda el público al complejo, en su mayoría
formado por los
dicharacheros escolares que acuden a las visitas
guiadas.
A las seis de la mañana las puertas están cerradas.
Chillidos y
graznidos de todo tipo salen del interior de los
muros. A través de
la barrera exterior contemplamos enormes alas oscuras
moviéndose
rápidamente. Pestel no está habituado a levantarse a
estas horas, así
que aparece con su barba y su pelo gris desgreñados,
trayendo consigo
su flauta y varios instrumentos caseros de cuerda.
También hay
algo de explorador en él, con esa larga y arrugada
camiseta, llena de
bolsillos repletos de reclamos para la caza de
pájaros.
Saco de sus fundas mis clarinetes y saxófonos, junto
con una larga
armónica noruega de plástico y algunos silbatos
dobles búlgaros.
Me encuentro algo adormilado, pero estoy preparado
para escuchar
lo que estos pájaros ocultan. Nos dirigimos al
pantano, un espacio
abovedado que contiene una cubierta de observación
con pájaros
acuáticos de todo el mundo.
Pavos y garzas de agua, espátulas comunes y cercetas.
Un conoto
verde se abalanza sobre el agua y un charrán inca,
con un impresionante
bigote blanco, camina apaciblemente a lo largo de la
valla.
Chapotean, se zambullen, gritan y nadan. Me concentro
para percibir
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alguno de los ondulantes ritmos de los pájaros. Me
resultan familiares.
En el aviario suena para ellos Marvin Gaye a todo
volumen... ¡a
las seis de la mañana! Las aves graznan y chillan.
–No puedo trabajar en estas condiciones –refunfuña
Pestel–. Tenemos
que conseguir que no armen tanto barullo.
–¿No les dijiste que veníamos?
–No –sacude la cabeza–. El arte siempre llega sin
previo aviso.
Es profesor de arte, debería saberlo. Al principio
era escultor,
pero vivir en la misma ciudad que este increíble
aviario le condujo
al mundo de la música. Alentado por la presencia de
estos músicos
voladores, Pestel, con el transcurso de los años, ha
adquirido flautas,
grabadoras, campanas, silbatos…, todo aquello a lo
que los pájaros
respondan de algún modo. Sorprendentemente, ha
desarrollado un
estilo inconfundible de interpretación, algo entre
Eric Dolphy y los
chochines suramericanos. La música es sólo una parte
de su obra
global, que incluye también una galería con sonidos
de pájaros, piedrecillas
y estructuras giratorias de madera instaladas en
exhibiciones
que hoy pueden verse en todo el mundo.
–Sigo preocupado. ¿Estás seguro de que nos dejan
hacer esto?
–Sin problema. He venido aquí muchas veces. Y esta
gente me
conoce. Estos pájaros me conocen.
Se han apagado los aspersores. Marvin acabó. Me
pregunto si
preferirán nuestra música en directo. ¿Realmente un
momoto corona
azul o un fruterito violáceo desean escuchar los
gritos de un instrumento
extraño antes del desayuno? ¿No lo estaban haciendo
bien
con él. ¿Qué está pasando?
Wittgenstein tuvo el valor que se requiere para
advertirnos de que
si un león pudiese hablar, no podríamos entenderlo.
¿Está seguro de
ello Herr Ludwig? Si un león ruge, lo entendemos. Si
un gato ronronea,
lo entendemos. Y si la voz de cualquier animal se
escucha como
arte en lugar de como portadora de un mensaje...
comienzan a suceder
cosas francamente interesantes: la naturaleza no será
un enigma
por mucho tiempo, sino más bien algo inmediatamente
bello, una
exuberante obra a la que podemos unirnos. Las
melodías de los pájaros
siempre han sido llamadas «cantos» por una razón
fundada. Si
escucha con la atención precisa, la gente podrá
concluir asegurando
que hay música saliendo por los afilados picos de las
aves.
Nos instalamos en la cubierta de madera cercana a la
valla que
nos separa de la laguna artificial. Los instrumentos
empiezan a templarse.
El equipo de grabación está montado y listo para
comenzar.
En un lateral de la sala, un oscuro cuervo nos
observa con interés
encaramado sobre una rama; levanta su cabeza y nos
mira con complicidad.
Pestel toca una nota larga, baja y resbaladiza,
seguida de un raspante
soplido. Algo extraño se abalanza sobre mis pies,
arrastrando
sus largas y negras alas. ¡Algún tipo de desgarbado
pavo! Leo en una
placa de la valla que es un trompetero alagrís,
capturado en el Amazonas,
mientras él me lanza una curiosa mirada silenciosa.
–¿Qué miras? –le digo. Cautelosamente, da un paso
hacia el cable
del micrófono, preparándose para engullirlo con la
determinación de
una estocada.
–Hey –lo aparto–. Deja de bailar y canta.
Tras una particular nota de clarinete, prueba a
decir:
Taaah Taaph
tah ta, taaaaaa, taa tap ta.
Suena más como un trombón bajo el
agua. ¿Vine para encontrar música en esto?
Ábrete a la música de la vida aviar y hallarás un
lugar para la
humanidad entre ella. Ábrete a su lengua extranjera
sin la intención
de comprenderla. Al escribir las canciones del
picogordo pechirrojo,
Aretas Saunders tuvo que utilizar neumas de compás
libre, así como
sílabas impronunciables. Aquí hay ritmos, tonos,
melodías... Es cierto
que ninguna de ellas se halla cercana a nuestros
sistemas musicales
o lingüísticos. Proceden, en realidad, de una mente
distinta. Pero
la cuestión es que hay millones de observadores de
pájaros por todo
el mundo y necesitamos algo que nos ayude a seguir la
pista de todos
estos sonidos.
Claro, como el silbido de un petirrojo
CANCIONES DEL PICOGORDO PECHIRROJO
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El filósofo Thomas Nagel dice que nunca sabremos lo
que es ser
un murciélago porque nunca podremos tener una
experiencia como
murciélagos, solamente imaginarla o reconstruirla. Lo
mismo ocurre
con los pájaros: ¿quién sabe lo que sienten cuando
cantan, escuchan
y vuelven a cantar?
En lo que a mí respecta, no pretendo saber mucho de
música, pero
sé lo que me gusta. Y quiero que me sorprendan. Me
aburro fácilmente
e intento no tocar nada que haya escuchado antes. De
todos
modos, ¿cómo puedo ser tan innovador? Estamos
definidos y condicionados
por nuestra memoria, por lo que sabíamos al nacer y
por
lo que hemos aprendido a hacer merced a la
experiencia. ¿Tan distintos
somos a los pájaros, cotorreando frases esperadas,
canciones
integradas o aprendidas en nuestra juventud para
poder sobrevivir?
Interpretando
jazz
durante largos años aprendí series de oraciones
musicales y procedimientos para dar la vuelta a
escalas de maestros
como Parker, Coltrane y mi propio profesor Jimmy
Giuffre, y ahora
se supone que debo mezclar e hilvanar este repertorio
en el precipitado
juego de la improvisación. Quizá algún extraño pájaro
superinteligente
pueda encontrar la música humana como una simple
repetición y recombinación de fragmentos y sonidos
sin significado
alguno, sin un mensaje inteligible que pueda ser
reducido a la lógica
gramatical de su especie.
De pronto hay una voz extraña. ¿Una voz humana?
«¿Quién?»,
escucho, «¿Quién?, ¿quién, qué, dónde, por qué?,
¿quién, qué, dónde,
por qué?».
Es ese cuervo. No es sólo un cuervo, éste habla.
–¿Has oído eso? –le pregunto a Pestel por encima de
la flauta, a
la cual ha estado murmurando mientras soplaba una
tonada,
drdrdrdrgdrdrguh,
su firma del sonido, mitad pájaro, mitad hombre.
–¡Oh! –dice–. Es Mickey, lleva aquí años.
–¿Sabe lo que dice?
No se supone que un cuervo parlante tenga que saber
lo que dice.
Tampoco se supone que los loros tengan que comprender
lo que imitan.
No lo hacen en el mundo salvaje, pero, viviendo con
nosotros,
saben hacerse notar. Cualquiera que haya pasado algún
tiempo entrenando
pájaros sabrá que te sorprenden constantemente,
emulando
precisamente aquellos sonidos que, gracias a su
experiencia, saben
que captarán la atención humana.
Pero no estamos aquí por esto. Queremos música.
Respuestas, no
preguntas. Mickey puede hablar, pero… ¿puede cantar?
Gra,
empieza
a hablar enfáticamente, de alguna manera muy distinta
a la
humana:
graaaaaaa.
–Tampoco queremos eso –Pestel sacude la cabeza–. Este
pájaro
simplemente está imitando a la gente que imita a los
cuervos.
Un guacamayo jacinto está atento a nosotros. Nos
movemos mientras
tocamos. Él se mueve hacia delante y hacia atrás,
contoneándose
al tiempo que la música. Ordena a una perca que
preste atención en
el centro de la sala. Pero sigue sin cantar.
Uno de los flamencos más grandes se alimenta. Es
rosa, imponente
con ese cuello retorcido hacia atrás.
Graaaa graaaa graaa
bruuuummmm,
grazna. Es tan alto el graznido que humilla al resto
de pájaros de la laguna. La cacofonía aumenta. ¿Es
ésta una sinfonía
silvestre del pantano? ¿O simplemente una protesta
vocal? ¿Les estaremos
robando mucho tiempo?
–Tío, esa cosa rosa no va a callarse –refunfuña
Pestel–. No puedo
trabajar en estas condiciones. Vamos al bosque
tropical.
–Pero, ¿ha dejado de llover? Me preocupan los
instrumentos.
–No te preocupes, parará por nosotros.
En la sala del bosque tropical, nos absorbe una
humedad sofocante.
Aún permanece la bruma del rocío de la mañana. En
lugar de
mirar hacia abajo y buscar pájaros, miramos hacía
arriba y escuchamos.
Todo lo que hay a nuestro alrededor es la alta
marquesina. Los
pájaros son más pequeños, perezosos. Al principio,
comenzamos a
tocar mientras ellos revolotean alrededor. Ruidosos,
blancos mainás
de Bali, mágicas aves-flor de espalda negra. Un
austero cálao bicorne.
La enorme gura victoria de Nueva Guinea, con su
agradecida y
estrellada cresta, salta lentamente por el suelo.
Fantásticos estorninos
azul oscuro y abubillas arbóreas verdes. Estos
pájaros están por todo
el mundo, así que el sonido en este bosque interior
de Pensilvania es
una mezcla globalizada. Nada que hayas podido
escuchar en la naturaleza.
Es una composición única definida por el
confinamiento.
Estas especies tropicales son más ágiles,
instantáneamente melódicas.
Ba ba bu ba pe pa,
canta un tejedor de taveta de un amarillo
brillante en una escala pentatónica.
Esplendorosamente claro, cinco
tonos abiertos. Nos está invitando a nosotros, los
músicos de viento.
Todas las culturas humanas dan la bienvenida a estos
cinco amigos.
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Tropezamos, probamos, imitamos. ¿Le importa? Sigue
cantando la
misma tonada alegre.
Pero pronto se ve eclipsado por el mirlo shama hindú,
un virtuoso
explorador. Una nota tras otra, todo lo que toquemos
simplemente es
un desafío para él. Para cualquier cosa que le
ofrezcamos, tiene una
réplica más alta. Cada canción parece flamantemente
nueva.
–Espera un segundo, pensé que estas canciones eran
innatas –inquirí
a Pestel– ¿No les basta con hacer sonar correctamente
una sola
canción para dar por hecho su trabajo?
–Reclamos –susurra Pestel–. Los reclamos de los
pájaros son
innatos. Son los sonidos que hacen con un significado
especifico:
«¿Dónde estás?» o «tengo hambre» o «¡cuidado!, un
halcón está
merodeando por ahí arriba». Los cantos son, de nuevo,
algo más. Si
son complicados, tienen que aprenderlos. Y los
pájaros solamente
aprenden estas canciones en épocas muy especiales y
señaladas de
sus vidas. Las canciones les ayudan a marcar su
territorio y atraer a
sus compañeros, pero les gusta nuestra música, porque
no tiene un
mensaje tan claro.
–¿Quieres decir que nacen conociendo sonidos que
tienen significado
y deben aprender los sonidos que expresan?
–Puedes explicarlo así, pero, de todos modos, se
trata de un asunto
que no influye en la música –dice mientras se detiene
para soplar un
poco de aire en la flauta–. Cada pájaro tiene una
siringe en lugar de una
laringe. Tiene dos partes en lugar de una. No son
como nosotros. Ellos
pueden cantar varias tonadas a la vez y la mayoría
tiene el potencial para
hacer muchos más sonidos de los que realmente hacen.
Los humanos
les provocamos. Mira el cuervo parlante. Ahora deja
de hablar y toca.
Con los instrumentos en nuestros labios, Pestel y yo
nos movemos
lentamente a través de este bosque artificial, con
esos falsos goteaderos
de las hojas reales cayendo cada día, escuchando y
buscando a un
pájaro en particular que esté preparado para
interactuar con nosotros,
que nos tome como cantores reales en el coro del
amanecer.
Frente a un matorral, toco unas notas y de pronto me
sale un fuerte
y rítmico exceso emocional:
Brr du du du.
Toco algo parecido
a lo de atrás -be
pu be pu beep-
y entonces, mientras voy trazando
la melodía, el pájaro se une a mí desde arriba.
¿Quién me llama?
Hmmm. Es gris, negro y blanco. Del tamaño de un
tordo, furioso, y
está bailando a mi alrededor como un loco.
Sigo tocando y él responde. Al principio se vuelve
hacia mí con
arpegios ascendentes, fuertes y difíciles. Vuelvo a
tocar de nuevo.
Levanta su cabeza, salta para acercarse a mí. Cambian
mis notas y
cambian las suyas. Parece haber algún tipo de
conexión. ¿Cuál es
el mensaje? Si es música, el mensaje importa menos
que el sonido.
¿Iremos juntos a alguna parte donde no podamos
separarnos?
Aparece una mujer con una fregona enorme, limpiando
el lugar.
Me mira con una sonrisa.
–¿Lo has conseguido con mi hombre?
–Sí –digo–. ¿Qué es?
–Es un tordo jocoso gárrulado.
–¿En serio? –río, y el pájaro se ríe algo más. Su
risa es una melodía,
una melodía saxofónica, una risa de Charlie Parker.
–¿Está trepando con usted? –ríe ella.
En las laderas de su Asia suroriental nativa, estos
tordos jocosos
van en grupos ruidosos y charlatanes de una o dos
docenas. Su sonido
se considera generalmente como un reclamo, con una
función
social especifica, más que como una melodía de
atracción a la pareja
o canto para repeler a los enemigos. Ambos, hembras y
machos, lo
hacen. ¿Significa esto que mi pájaro está intentando
decirme algo
específico para introducirme en su grupo o sacarme de
su mundo?
Parece vivir por sí mismo, separado del resto de
miembros de su
tribu. Quizá es un solitario. Puede que la diferencia
entre reclamo y
canto no sea tan clara cuando un pájaro se enfrenta a
música extraña.
Los sonidos de éste son definitivamente cambiantes en
relación a mí.
Algo está ocurriendo.
Pestel sube lentamente y recoge material de lo que
oye. «¡Uau!
Nunca había oído a este pájaro tan excitado. Parece
que has conseguido
comunicarte con él».
–¿Soy amigo o enemigo?
–Ten cuidado –dice Pestel–. No sucumbas tan rápido a
ese modelo
evolutivo –añade mientras ladra mediante un reclamo
de pájaro
amarrado a su flauta con una goma elástica–. El mundo
real es siempre
más de lo que ellos, los científicos, nos cuentan.
Escuchar el sonido de los pájaros como música es algo
en lo que
siempre se halla algo místico. Escucha el mundo por
completo como
música y verás que vivimos en medio de una abundancia
de sonidos
maravillosos. ¿Cuántas criaturas más están esperando
para dar el salto?
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POR QUÉ CANTAN LOS PÁJAROS HACES CANTAR A MI CORAZÓN
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Es difícil escribir sobre o describir cualquier tipo
de música humana.
Y más difícil todavía es tratar de interpretar la de
otras especies
tan distintas de la nuestra.
Holalay helaylo heelayla,
una trompeta
temblorosa desde los árboles. Está sonando alta y
claramente.
¿Qué más podemos conocer? Cuando se plantea la
pregunta de
por
qué cantan los pájaros
la mayoría de los científicos responden que
para delimitar el territorio o con el fin de hacerse
más atractivos a los
ojos de sus compañeros potenciales. Pero a medida que
me zambullo
en la historia de esta investigación, la cuestión va
tornándose mucho
más compleja y sutil. No hay una razón clara de por
qué los loros
domésticos se burlan con
sneeps
y píos, mientras que los sinsontes
castaños necesitan miles de motivos distintos para
las canciones. Sin
esta impresionante necesidad de cantar, el sinsonte
sería un simple
pájaro con manchas marrones aupado en la copa de los
árboles.
Evolucionar no equivale forzosamente a incrementar la
capacidad
de producir belleza. La ciencia necesita datos para
respaldar cada argumento.
De hecho, un científico responsable ni siquiera
pretendería
saber por qué cantan los pájaros. Me pregunto, no
obstante, si estaría
en contra de la idea de que los pájaros simplemente
cantan porque
explotan de alegría.
Desde la irrupción del Modernismo, hemos aceptado y
dado por
buenas todo tipo de mezclas y peculiaridades
organizadas para sonar
como música. En el fondo, se trata del legado más
poderoso de la
era de la abstracción en las Bellas Artes: cualquier
cosa puede ser
apreciada por sus cualidades estéticas inherentes,
desde una pizarra
vacía o una simple pared a una ráfaga de viento o
ruido electrónico.
Aunque esto puede hacer más difícil discernir qué es
arte y qué
no, tiene consecuencias prácticas definitivamente
maravillosas. Tan
maravillosas que, trabajando y desarrollando nuestras
habilidades
personales, podemos estar en condiciones de amar
todos los sonidos
que la naturaleza nos permite escuchar. Si hacemos un
esfuerzo de
seriedad y nos abrimos a todas las posibilidades de
belleza natural,
entonces, hasta los graznidos más fuertes y los
gritos pueden llegar a
ser considerados música. Sí, en efecto, no cabe duda
de que estamos
mejor preparados de lo que nunca antes lo hemos
estado para escuchar
la música.
La de los pájaros ha estado a nuestro alrededor
durante millones
de años, muchos más que cualquier composición humana.
Y esto debería
impresionarnos... Esto debería conferir cierta
prestancia, valor
añadido, a las tonadas que nos brindan los pájaros.
Que la ciencia
demuestre que el canto tiene un propósito sexual o
territorial no significa
que los pájaros no canten porque les guste.
El sonido de los pájaros tiene muchos atributos
similares a la música
humana (repetición de notas, tema y variaciones,
gorjeos virtuosos
e impresionantes y adornos, escalas e inversiones).
Quizá sea
ese el motivo de que ofrezcan una inspiración tan
radical a algunos
músicos. Mediante increíbles procedimientos, haciendo
sonar
de forma simultanea murmullos de distintas
frecuencias y operando
esas complejas transformaciones del sonido que
solamente una siringe
puede producir, las canciones de las aves son a la
par alegres y
plenas de significado. El sonido del mundo que nos
rodea es mucho
más rico merced a esas criaturas. Y la música es una
de esas formas
de expresión compartidas por distintas especies del
planeta. Por todo
el mundo, desde Babenzélé Pygmies hasta Beethoven,
existe música
derivada de los sonidos del mundo aviar. Los músicos
aspiran reverentemente
a incorporar a sus composiciones la inagotable
belleza
de esos frondosos cantos.
Así que sal al exterior, camina por el bosque o por
el campo, capta
el primer sonido de pájaro que escuches. No te
preocupes si no sabes
cuál es, no tienes la necesidad de conocer el nombre
del músico para
comprender el sentido de su música. Simplemente
escúchale. Si sólo
estás interesado por los sonidos de tu propia
especie, tal vez percibas
únicamente ruido al oír los producidos por otros
animales.
Nunca lo sabremos porque no podemos llegar al
interior del pájaro.
Pero imagina la vida de ese animal, trata de ponerte
en su lugar.
¿Amante, amigo o enemigo? ¿Está llenando nuestro
espacio o está
seduciéndonos? ¿Nos amenaza o simplemente defiende su
territorio?
Esto es ver el canto como algo práctico, desde su
propia experiencia.
Y todavía puedes ir más lejos. Imagina un pájaro
cautivado por
su propio sonido. Sus cantos son bellos, complejos,
claramente más
de lo que sería necesario para transmitir y hacer
comprender su mensaje.
Debe haber exhuberancia, alegría. El pájaro está
dotado como
un virtuoso y adora mostrarlo, explorarlo y gritarlo.
¡Qué vida más
artística! La música puede ser el único lenguaje que
el canto de los
pájaros necesita conocer. Sus cerebros pueden ser
pequeños pero,
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POR QUÉ CANTAN LOS PÁJAROS HACES CANTAR A MI CORAZÓN
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piensa cómo una increíble parte está dedicada a la
música, al placer,
al arte. Su canto es la esencia del regocijo cada vez
que explota, preciso
y completo.
Hay algo inherentemente predecible en el canto que
producen
esas pequeñas criaturas aladas. Justamente por ello,
nos preguntamos:
¿por qué, entonces, suenan tan repentinos y nuevos?
El canto
de los pájaros es un desafío genuino a la vanidad
humana, amén de
un camino estupendo para hallar la belleza en la
naturaleza. Ninguna
lógica natural, ninguna disciplina científica,
explica por qué son
tan diversos y complejos. Si escuchamos del modo
adecuado, podemos
abandonar nuestros prejuicios y descubrir nuevos
territorios
musicales. Su música es esencial, no arbitraria;
juguetona, pero con
un propósito; repetitiva, pero no aburrida. Posee
aquello a lo que la
humanidad aspira.
El tordo jocoso continúa riendo con el clarinete. Es
un
jazz
de
matorral, una improvisación del mundo aviar. El canto
de un animal
alcanza a otro. Cuando comienza el juego musical
entre humanos
y pájaros, lo mejor es huir, no aferrarse, a las
clásicas categorías de
lo hecho por el hombre
y
lo natural.
La interacción ocurre y eso es
todo. Sucede y crece antes de que la comprendamos. A
la postre, es
el sonido lo que importa, la armonía. ¿Quién mejor
para engatusar
que un pájaro cantando con un desaforado deseo de
cantar?
Pestel y yo tocamos durante horas con los exóticos
cantores del
aviario, pero ellos nunca se detienen y, en buena
lógica, nosotros
empezamos a experimentar cansancio y a sentirnos
hambrientos.
–¿Deberíamos dejar a los pájaros cantar y tomar
nuestro humilde
lugar al borde de los árboles? –dije–. O al menos ir
a desayunar.
–No, tenemos que quedarnos con ellos. ¿No ves que nos
están
retando a quedarnos? –me respondió, completamente
seguro de lo
que decía.
Espero que esté en lo cierto.
¡Cuán restringido es el sentido de la música que el
común de los
mortales transita! Deberíamos ampliar el dominio del
arte, del mismo
modo que ampliamos nuestros conceptos éticos para
incluir entre
nuestros deberes la protección del medio ambiente con
la honesta
esperanza de hallar un camino para que nuestra
especie cuide de este
frágil mundo. ¿Por qué, –se pregunta el gran
racionalista Emmanuel
Kant en su manual estético
Crítica del juicio–
nunca nos cansamos
de escuchar las sencillas melodías de los pájaros,
teniendo en cuenta
que si un ser humano tuviera que tocar dos o tres
notas y las repitiera
indefinidamente, nos empacharíamos sin ninguna duda
con ellas?
El canto de los pájaros, decidió Emmanuel Kant, no es
realmente
bello, sino sublime, algo maravillosamente extraño
para nuestro
entendimiento, seductor, pero siempre fuera de
nuestro alcance. Sus
sonidos son salvajes, irregulares, atrevidos,
chocantes y capaces de
llevarnos a algún lugar situado más allá, muy lejos,
de las meras artes
humanas. Difícilmente podemos improvisar sobre ellas.
Esto es todo. Sin duda esta experiencia me está
volviendo salvaje.
Tocar con los pájaros, en lugar de pensar acerca de
ellos, me está
ayudando a sentir qué es ser un ave. No busco una
prueba, solamente
posibilidad y esperanza para nuevas formas de
interactuar, nuevos
sonidos que sorprendan.
Cosas salvajes.
La mente nunca es tan poderosa
como la habilidad de cantar y bailar.
Haces que mi…
La música
ocurre antes de que digamos que es imposible.
Tu haces todo…
Los pájaros escuchan, quieren más. Quizá sienten algo
del estilo de:
«Esta gente no sólo nos enjaula y alimenta y escucha;
quizá también
esté preparada para aprender de nosotros».
¿Me convencerá la ciencia de que la música está en mi
cabeza
y no en los pájaros? ¿Y qué hay de la poesía que ha
buscado largamente
el significado dando la vuelta al lenguaje,
convirtiéndolo en
ritmo? ¿Y la larga historia del canto de los pájaros
haciendo su camino
y dejando huella en las normas y pasiones de la
música humana?
¿Debemos poner el canto de un pájaro en un contexto
humano para
tratar de hallar alguna lógica en él?
En un bosque tropical artificial de la Ciudad de
Acero, encontré
un tordo jocoso gárrulado que me mostró cómo las
melodías pueden
pasar de una especie a otra. Es hora de seguir el
rastro de todos los
expertos, escuchar lo que han oído en un laboratorio,
en lo salvaje,
en la memoria y en los mitos. Este libro realiza un
recorrido por los
hallazgos de todos estos expertos al tiempo que
denuncia sus limitaciones.
Depués de todo, ninguna respuesta científica ha sido
hasta la
fecha lo suficientemente concluyente para resolver de
forma definitiva
el misterio de por qué cantan los pájaros.
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